miércoles, 13 de septiembre de 2017

la artimaña del zorro





El cerdo, cuando oyó las palabras del zorro diciendo que accedía a hacer el trato con él, se apartó de la boca de entrada del túnel, dejándole libre el camino para que pudiera salir al exterior.

Una vez fuera, el zorro se sacudió la tierra que llevaba encima de su cuerpo; se limpió su largo hocico, y enderezando sus inhiestas orejas, miró al cerdo de arriba abajo y preguntó:

- ¿Que es tan importante para que hayas venido a molestarme?

- Solo quiero regresar a la casa de mis amos, sin que nadie se dé cuenta de ello - dijo el cerdo - y dormir tranquilamente en mi cuadra.

- Te prestaré mi ayuda para que vuelvas a tu cuadra, si tú primero me ayudas a mí.

El cerdo, recordó las palabras de los zorrillos de que tendría que hacer un trato con su padre para que este le ayudase, y asintió bajando su cabeza:

- ¡venga; el trato!

Entonces el zorro empezó a contar:

- Estos días ha llegado de los montes de Asturias un lobo asesino; está misma mañana mató dos ovejas que pastaban cerca del rio. Los humanos no tardaran en querer deshacerse de él recurriendo para ello a trampas y venenos, que pondrán en peligro la vida de todos los animales del monte
Si tu me ayudas podemos engañar al lobo y conseguir que marche de estás tierras, salvando así  la vida de muchos animales inocentes.


El cerdo aceptó ayudar al zorro y juntos regresaron al monte. Caminaron un largo trecho hasta llegar donde están las piedras que hablan, en los riscos desde los que se puede ver la lejanía del océano Atlántico. Al llegar allí, el cerdo daba señales de cansancio y entonces se sentaron en el frio suelo para recuperar sus fuerzas.
 Hasta ellos llegaba el ruido de las olas al batir en las rocas. A veces era como un silbido ronco y grave, que parecía una voz humana surgida del fondo del océano, que algunas personas decían que advertía de los peligros que iba haber en el mar para que nadie saliera con sus barcas a pescar.


 Al reponer sus fuerzas los dos se separaron. El cerdo, siguiendo  las instrucciones que le dio su compañero, subiría a lo más escarpado de los riscos marinos de las rocas que hablan, desde donde se podía ver la lejanía del océano; mientras que el zorro marcharía a la búsqueda del lobo, para poner en marcha su treta.


El zorro, guiado por su olfato, no tardó en llegar a las inmediaciones del lugar donde el lobo había establecido su morada. Se agazapó, escondido entre los brezos, y esperó hasta que vió aparecer, en lo alto de las rocas que hablan, la figura de su amigo recortada en el cielo de la noche; entonces se levantó y caminó sigilosamente acercándose junto al lobo.

- Quien osa andar ahí? - preguntó un gruñido ronco y fuerte.

Al ser descubierto por el lobo, se detuvo frente a él, a una distancia prudente desde la que podía vigilar el brillo asesino de sus ojos, para salir huyendo a la menor señal de peligro.


- He venido corriendo, desde el rio para alertaros de que corréis un enorme peligro estando en estas tierras.


El lobo, seguro de si mismo, se hecho a reír al oír estas palabras, pues es sabido que los zorros son los animales más mentirosos y astutos de los montes de Galicia.


Vigilando que no asomara en los ojos del lobo, el destello asesino de los de su raza, el zorro continuo hablando:
- la casualidad quiso que bebiendo en la charca, donde brota el manantial del rio, oí un ruido extraño y un fuerte chapoteo en el agua. Aprovechando la vegetación de la orilla del agua, pude acercarme con sigilo sin que se notara mi presencia y descubrí dos enormes jabalíes plateados, bañándose en la charca, que decían que acababan de bajar de la Luna, pues tu fama de gran asesino llegó ya hasta sus tierras, y hablaban entre ellos diciendo que habían venido a la tierra, jurando darte caza esta misma noche para vengar la muerte de sus hermanos jabalíes, que tu y los tuyos cazáis con frecuencia.


Justo cuando el zorro terminaba de decir estas palabras, se oyó el ruido de piedras que hablan.


El lobo, que hasta ahora no había perdido de vista al zorro, al oir el ruido giró su cabeza para mirar en la dirección de donde procedía y entonces vio a lo lejos la figura del cerdo, en la cima de las piedras que hablan, realzada por la luz de la Luna creciente que le daba un tono plateado al reflejarse sobre la piel blanca de su cuerpo y al verlo de repente creyó ver, sin lugar a dudas, uno de los dos fieros jabalíes plateados que venían a darle muerte. 
Entonces sus ojos, que miraban antes frios y grises, y de manera amenazadora al zorro, se llenaron de miedo; los pelos de su cabeza se pusieron de punta, dándole un aspecto ridículo, y metiendo el rabo entre sus piernas huyó despavorido jurando no pisar de nuevo estas tierras.




mvf.




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