jueves, 14 de agosto de 2014

Ya se ira poniendo el sol ...



Cuando el cura salía de la casa de Abelarda los hombres que faenaban en la plaza le miraron de reojo sin parar su trabajo.
El cura llevaba su gorra entre la faja que rodeaba su sotana negra, y miraba el momento de sacar su mano y hacer ademán de saludar al pueblo haciéndole ver que él se marchaba, y que quedasen en la paz de dios,  pero se detuvo.
Los cuerpos vistos al trasluz de la polvareda.
 Dos hombres lanzaban la hierba trillada al aire para separarla del trigo. El grano de trigo con su peso caía a pocos pies de distancia de cada uno de los hombres, y la hierba, más ligera, era arrastrada por el viento a más lejos separándose así el trigo de la paja. Y vistos parecían imágenes detenidas en el trasluz del tiempo inmemorable.
La escena era igual que otras tantas veces que los hombres habían desgranado el trigo del campo después de la siega y a la memoria de cura de Labregos vino la vez, en otro tiempo, que había estado allí frente a ellos.
 De aquellas las mujeres tenían que limpiar el suelo previamente con enormes escobas artesanales hechas con brezo, y apelmazar bien la tierra para después realizar la trilla a o la malla según fuera la cantidad de cereal a desgranar.  Aún no habían solado la era con enormes piedras de losa de granito convirtiéndola en la plaza actual que era hoy en día.
Ese día de trilla, después del descanso  para comer, estaban todos los hombres de las haciendas allí reunidos: unos sentados, otros de pie… alrededor de ellos las mujeres portaban sus hijos en los brazos o los más pequeños agarrados a sus delantales, una prenda que apenas disimulaban los ralos trapos que eran los vestidos de la gente pobre. Y todos esperaban en silencio a que el amo acabase el enorme puro que había encendido delante de ellos.
Los mediocres señores gallegos trataban a sus trabajadores campesinos como vasallos y esclavos. Después del fracaso de los monárquicos,  apoyados por la iglesia temerosa de que el voto de la ciudad y las ideas republicanas y liberales llegase a la gente ignorante del campo habían decidido dar su apoyo al Frente Republicano gallego y ofrecieron su colaboración  para que ganasen sus candidatos.
Faltaba poco para venir las elecciones democráticas del 28 de junio que elegirían los diputados al parlamento de la II república en España mediante sufragio universal masculino y después de comer los caciques, que se habían reunido en la casa del señor del lugar para acordar ese dia llevar a sus gentes a votar al Frente Republicano gallego, se produjo en la mesa un debate sobre las ideas que Roberto Novoa Santos, un medico gallego perteneciente al Frente Republicano gallego  y candidato por este grupo, tenía de la inteligencia de las mujeres y por que no podrían llegar a votar jamás ni participar en las cosas de los hombres. 

Roberto Novoa Santos y su grupo fue un contrario al voto femenino como parlamentario por Galicia  en la segunda república y sus palabras se recogen en las sesiones del parlamento de aquella epoca. A pesar de sus ideas vergonzosas como gallego, hoy en Galicia hay aulas academicas, centros sanitarios y nombres de calle dedicadas a su memoria. Entre sus importantes obras, en la que destacó su Manual de medicina general, 1916,  figuran  La Indigencia espiritual del sexo femenino. Las pruebas anatómicas, fisiológicas y psicológicas de la pobreza mental de la mujer. Su explicación biológica (1908)

Al terminar la tertulia bajaron los caciques a la era para dirigir unas palabras a los hombres de sus haciendas que esperaban  desde primeras horas de la tarde sin reanudar sus faenas.
Habló primero el Sr cura párroco de Labregos refiriéndoles a los presentes los sacramentos y la obediencia a los mayores en poder, dignidad y gobierno, mientras  asentían detrás de él los amos de las tierras. Al terminar el párroco miró para el señor de la casa grande por si quería tomar la palabra. Este fumaba tranquilamente un puro grande y negro de olor apestoso y se hizo un silencio entre los presentes esperando que dirigiese unas palabras. Cuando terminó el puro lo dejó caer al suelo y con la punta del pie lo esmagò como si fuera una enorme cucaracha alquitranosa, y sin mediar palabra, dando una señal con la mirada, le dio la palabra a un jovencísimo Sebastián del Frente Republicano Gallego.
Sebastián les explico quienes eran los candidatos del Frente Republicano Gallego y de cómo velarían por los intereses de Galicia, defendiendo la necesidad de una región autónoma en una república plural y unitaria, que les protegería así de los desmanes de los socialistas y los comunistas; refiriéndoles de manera exagerada como en Madrid, los obreros habían quemado iglesias y hasta matado curas y niños cristianos con motivo de la proclamación de la república en el mes de mayo. El 28 de junio de 1931, día de las elecciones les llevarían a votar al ayuntamiento donde los hombres, los únicos que tenían derecho a voto, tendrían que votar Frente Republicano Gallego.
Al terminar nadie se atrevió a decir nada.
Entre todos los hombres que venían a la trilla allí estaba también el ovejero, el padre de Abelarda, pues había venido como los demás hombres de las haciendas para escuchar lo que tenían que decirles sus amos.
Sebastián se dirigió a él preguntándole imperativamente, delante de todos para ver el efecto de sus palabras en ellos. - ¿Ya sabes a quien tienes que votar, verdad?
Si – respondió el ovejero.
Sebastián, ufano de si mismo,  volvió a gritarles a los campesinos alzando la voz para que le oyeran - - ¡Ya sabéis lo que tenéis que votar todos, para que todo siga igual, sino queréis que empeore la cosa!
Si - respondió el padre de Abelarda por todos - pero el voto es secreto.
La sorpresa de la respuesta inesperada del ovejero produjo estupor en unos y sonrisas en otros.
Se levantó el aire y lamió la hierba trillada.
El cura de Labregos puso la mano en el hombre de Sebastián para que callase, y juzgando el momento oportuno, los hacendados del lugar, el cura de Labregos y el joven Sebastián, regresaron caminando despacio para la casa escondiendo con conversaciones intrascendentes su huida del lugar de la trilla, mientras los hombres, las mujeres y los niños reanudaban sus tareas para desgranar el trigo.

 Entonces los jornaleros que venían de fuera empezaron a cantar una canción de la trilla 

                                      Ya se irá poniendo el sol.
                                      Ya se debiera haber puesto.
                                      Para el jornal que ganamos
                                     no es menester tanto tiempo

Uno de los criados de la casa, que hacía de mayoral, corrió haciendo señas a los hombres de que no cantaran, que los animales trabajarían más despacio y se iban adormecer con la música.

Mientras regresaban para la casa grande, el joven llamado Sebastián miró airado de reojo al padre de Abelarda y juró que algún día se vengaría de su osadía.




Mvf.

leí algunas cosas sobre la trilla, entre todas está esta muy bien
http://www.villardecanas.es/historia/siega.pdf









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