martes, 22 de julio de 2014

El dia de la trilla








Entró el verano y el calor parecía detener el tiempo en las horas de la tarde.

El día anterior, después de que todos trabajaran en el campo, las mujeres por la noche habían estado barriendo y limpiando, preparando la plaza mayor para realizar la trilla.

Se habían levantado a las seis de la mañana para prepararle las cosas a los hombres. Pronto marcharían al campo y las mujeres tendrían que tener todo recogido para cuando regresasen con las primeras carretas de trigo. Entonces les estarían esperando en la plaza para abrir los haces de trigo e ir esparciendo la hierba en el suelo de la era en dos grandes circulos, acostando la hierba con el grano para arriba para que se secara bien con el calor del sol. A las diez pararían para desayunar unas sopas de ajo con tocino frito y vino o una copa de aguardiente como fuera la costumbre de cada uno, y después continuarían hasta acabar el acarreo.
Cuando llegó el cura de Labregos a tomar el café, y con esas a quedarse a comer a casa de Abelarda, era media mañana. Los hombres terminaban de marchar de regreso con los carros para recoger las ultimas haces de trigo que aún quedaban apiladas en el campo después de la siega. Mientras, las mujeres quedaban solas en la plaza, con las pañoletas atadas a la cabeza para protegerse del sol, volteando la hierba con unas horcas de tres ganchos, de fuera para dentro y de dentro para fuera del circulo en el que estaba esparcida, para que el sol le pegara uniformemente.
Abelarda, cuando le informaron de la visita, salió a recibir al párroco sin muchas reverencias acordes con la época.
A la hora de la comida pararon de trabajar y todos comieron juntos, incluso los hombres del jornal que habían pasado la noche en el campo. Había cocido con garbanzos, con una sopa densa de grasa del cerdo que los hombres comieron con apetito; se acompañaba con unas rebanadas de pan, que se iba cortando de unos bollos grandes negros de trigo con centeno, y vino tinto gallego.
Después de comer los hombres marcharon a echar una pequeña siesta. Como era previsible al párroco de Labregos, se le invitó a dormir la siesta en una de las habitaciones que había en la casa para los invitados y con su estancia se parecía ver que todo era como con los antiguos señores propietarios de la tierra.
Ya era las cinco de la tarde cuando se levantó despertado por el ruido que hacia la gente al trabajar fuera de la casa, y al salir de la habitación se encontró que en el salón los criados habían dispuesto una mesa redonda, tapada con una tela de lino que colgaba por los lados ocultando elegantemente sus patas, cubierta con un mantel de encaje hecho en Camariñas y encima de ella había preparada una bandeja con cafè, una jarrita con leche junto a unas pequeñas tazitas, y una bandejita de plata con galletas hechas en la casa.
El salon de la casa tenia una mesa grande con robustas patas talladas; la mesa era alargada y a cada lado de ella había seis sillas de respaldo alto con su patas tambien talladas; por la parte posterior, pegado a la pared blanca encalada, habia un mueble chinero cargado de platos, de cerámica de macao, que se cerraban, salvados del polvo, por dos grandes puertas de cristal biselado; todo el conjunto estaba hecho de madera de castaño. Habia dos ventanas grandes y una puerta acristalada, que daba al balcón de la casa, que se cerraban por dentro al exterior con dos contras para protejerse así de la entrada de la luz o del invierno.
En seguida vino Abelarda la señora de la casa y se sentó junto a él. El cura esperó a que le sirvieran y cuando el criado que les atendió desapareció empezó a contar a Abelarda el motivo de su visita. 
El cura había recibido del obispado de la Coruña noticias de Venezuela sobre el criollo marido de Abelarda. Y mostrándose compungido, como hablan ellos, le dijo que en este día aciago sentía traerle la infortunada noticia de que su esposo secreto*,  había muerto de una puñalada en el pecho asestada en una reyerta nocturna en Caracas.
Abelarda ladeo la cabeza y su vista se escapó de la prisión de los cristales de la puerta del balcón de la casa, volando libre al exterior, a la plaza donde los hombres ya comenzaran a rastrillar la hierba. Habían traído dos grandes animales de tiro, unos caballos percherones que tiraban de unos enormes trillos, uno maderos provistos por unas de sus caras de hileras de finas piedras de sílice cortantes que arrastraban por encima de la hierba trillándola, cortandola en trozo pequeñitos y separando el grano; cada animal era conducido desde dentro del circulo por un hombre que le hacia caminar dando vueltas alrededor de él, pasando el trillo por la hierba extendida en los circulos.
Cuando Abelarda viniera de Venezuela el criollo tenía un amante de origen humilde que poseía una belleza apolínea e inculta, envidia de sus iguales de genero en todo Caracas y los dos, uno por su origen de buena familia y otro por su belleza profana eran aclamados en todas las fiestas nocturnas de Caracas. Pero al amante del criollo no entendía las lisonjas cultas y finas en el habla que su querido hacía a todo el mundo y le fue naciendo un malquerer resentido, fruto de su propia ignorancia y distancia social entre los dos, que provocó después de muchos conflictos y desaires caprichosos que el criollo lo abandonase.
Entendiendo el amante del criollo erróneamente que había sido por la existencia de otro amante secreto, se personó en uno de los muchos lugares públicos de vida alegre que se frecuentaban por la noche y tras una sonada discusión con el criollo le asestó a la salida del local, una puñalada en el pecho que le produjo la muerte después de agonizar desangrándose en el suelo sin la ayuda de nadie pues todo el mundo se dio a la fuga al ver lo ocurrido.
Los padres del criollo, deseosos de acabar con los escándalos, tras enterrar a su hijo y sabiendo que el hijo de Abelarda no tenía ninguna relación familiar con ellos; a través de la arquidiócesis de Caracas, con favores y dadivas, pidieron que le hicieran llegar la noticia de la muerte de su hijo porque estaban interesados en que de ningún modo Abelarda regresase a Venezuela. 



mvf. 

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