lunes, 12 de marzo de 2012

El sisa 2


Melquiades, el herrero, caminaba tranquilamente por el arcén de la carretera con su mono azul y su mandil de cuero ennegrecidos por el carbón de la fragua. Llevaba un cuchillo grande de cocina de cortar la carne. Venía de la fragua donde terminaba, después de pasarlo por la piedra amoladora, de sacarle filo en la piedra de arenisca de las guadañas. Iba en dirección a su casa para cortar unas finas lonchas de jamón y tomar el desayuno del mediodía. A lo lejos un coche que se acercaba por detrás de él, disminuyó su velocidad acercandosele lentamente hasta situarse a su lado, entonces el coche se detuvo, salieron unos hombres que rodearon al herrero y a empujones lo metieron dentro del vehículo. Después el coche arrancó dándose a la fuga. En el suelo quedaba tirado el cuchillo recién afilado.
La noticia no tardó en propagarse por todo el pueblo,.... se había producido un secuestro a primeras horas de la mañana ... - ! unos extraños habían raptado al herrero ¡ -
En la casa del herrero la noticia fue llevada por el panadero al repartir el pan que le contó a la mujer lo que había ocurrido.
A llegar a casa, la mujer del herrero le gritó a su hija:
- ! lolíta, no pongas plato para tu padre, que hoy no viene a comer ¡.
Los comentarios volvieron a circular por la tarde haciendo más precisa la información - ! Alguien había secuestrado al herrero, le habían pegado cuatro tiros y lo dejaron tirado en el monte comunal . Las heridas no revertían gravedad ¡.
Después de tomar el desayuno que su madre le había dejado en la cocina, consistente en un tazón de leche con café y unas rebanadas de pan untadas, el sisa recogió los restos dejando todo dentro del fregadero,
No tardó en salir a la calle, por que la limpieza la tenía reducida a la minima expresión, iba caminando en sentido contrario a la dirección en que circulaba el herrero, hasta que al llegar al sitio donde había sido secuestrado, encontró el cuchillo tirado en el suelo.
Recogió el cuchillo del suelo y en ese momento unas señoras mayores que paseaban con sus muletas por la carretera, al verlo con el cuchillo en la mano, le tiraron sus monederos y huyeron corriendo.
Con el éxito del cuchillo, dado el trabajo invertido y el beneficio obtenido, el sisa consideró este como día de suerte y decidió probar con algo más sustancial dirigiéndose al supermercado del pueblo. Aunque apenas se reunía cinco euros entre los dos monederos,

El supermercado era una tienda vieja de coloniales, que se había unido a una cadena de esas que anuncian productos gallegos, pero luego llegan los carnavales y visten a las cajeras de sevillanas - claro que como sevillanas no las hay más guapas que las gallegas - .
Allí cuando el sisa, enseñando el cuchillo, pidió que le entregasen la caja, fue reducido a bolsazos por su madre, que en ese momento hacía la cola de la caja para pagar un tinte de teñir el pelo .

Al salir de la prisión, el sisa vivía, además de pequeños trapicheos y sablazos, de otras cositas que en el pueblo le encargaban hacer para que sobreviviese, por el arte que tenía a pesar de su afición,
y de la sisa de la compra de los recados que le mandaba hacer su madre, una señora con una pensión menos que cutre.


Continuará

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