miércoles, 29 de noviembre de 2017

Ensayo sobre la novela de Adelaida



 Ensayo, sobre la novela de Adelaida.



Adelaida quería ser monjita evangelizadora en el amazonas y cuando en el colegio de hermanas religiosas, al que iba a clases, se lo dijo a su profesora, esta le mandó hablar inmediatamente con la madre superiora antes de que la enfermedad se propagase por la clase.
Al día siguiente sus padres tuvieron que ir a hablar con la madre superiora, y después de explicarle a estos lo ocurrido con su hija, la madre superiora añadió:
"eso no puede ser, por que la palabra de dios está reservada a los hombres y la paciencia y la obediencia a las mujeres"

- ¡Si, madre superiora, que si lo sabré yo! - respondió la madre de Adelaida.

El mismo día de la charla, cuando Adelaida regresó del colegio, sus padres la encerraron en la habitación para escarmentarla. 
Sola, en su habitación, se tiró boca arriba encima de la cama, mirando para el techo con la vista borrosa de sus ojos llenos de lágrimas. 
El techo de la habitación estaba lleno de estrellitas fosforescentes que su madre había pegado, cuando era más pequeña, para que le hiciesen compañía al apagar la luz de la habitación.
Estuvo un buen rato sin moverse en la cama, con la vista perdida en un universo borroso. 
Cuando dejó de llorar; se irguió de la cama para coger dos muñecas que estaban en la estantería de la pared y regresó con ellas para sentarse con sus piernas recogidas encima de la cama. Una de las muñecas tenía medias rojas y llevaba el pelo rubio con mechas, la otra tenía el pelo negro y se llamaba pepona; ambas, tampoco comprendían porque Adelaida no podía ser misionera evangelizadora del Amazonas.
Al cabo de un rato se cansó de jugar con la muñecas y volvió a ponerlas en su sitió, en la estantería de la pared; cuando lo hacía se se fijó en el libro de Enid Blyton que le había regalado una tía suya en su cumpleaños.
 Cogió el libro de la estantería y se tumbó boca abajo en la cama; poniendo el libro en el suelo, encima de la alfombra, para leerlo acostada.

Llevaba leídos un par de capítulos cuando se dió cuenta que  los personajes hablaban dentro de su cabeza, al pasar el dedo por encima de sus voces escritas en el papel.

Después de ese descubrimiento Adelaida empezó a leer todo lo que caía en sus manos cuando estaba castigada en su habitación.
Como el castigo que le pusieron sus padres de cuatro semanas cuando se enteraron del día en que rechazó a puñetazos a los chicos del pueblo vecino que habían venido a pedirnos de bailar en las fiestas patronales.

En el colegio dejó de querer ser monjita evangelizadora en el Amazonas y pasado algún tiempo empezó a escribir cositas que en secreto acabaron en las manos de sus compañeras de clases para que las leyesen.

Que vanidosa, dijimos nosotras, y nos burlamos de ella llamándola Adelaida Fuertes.

Un buen día Adelaida apareció con una caja llena de libros pindiendonos que le compraramos uno. 

Quedamos boquiabiertas. 
¡Adelaida Fuertes había escrito una novela!

¿Que había ocurrido? ¿Como se pasa de lectora a escritora? ¿Adelaida tenía una semilla dentro de ella que germinó con la lectura? 

-¡Es un misterio!

Lo único que se puede hacer aquí, para arrojar algo de luz sobre este tema: es un ensayo sobre la novela de Adelaida.

 

mvf.

lunes, 30 de octubre de 2017

San Martiño



Era poco más de las siete de la mañana cuando en la casa se levantaron para encender el fuego de la cocina de leña.
Elíseo había bajado con su esposa a la cocina y mientras ella preparaba el café él iba disponiendo las bebidas y licores que tenían guardadas para las ocasiones, para dejar todo preparado antes de que llegasen los invitados de la casa para la matanza.
El comedor de la cocina tenía una amplia mesa con un hule extendido y dos grandes bancos a los lados en los que cabían casi diez personas en cada uno. Había un viejo mueble pegado en la pared; encima de el estaban dispuestos desde el día anterior, para poner la mesa a la hora de la comida, dos docenas de platos y otros tantos cubiertos para los invitados, además de distintas botellas de licor para acompañar el café.
De la cocina llegaba el olor del café recién hecho.

Elisardo bajó de su habitación con los ojos entrecerrados, atraído por el bullicio que había en la cocina con la preparación de la fiesta de la matanza. Desayunó en la mesa pequeña de la cocina y al terminar se fue a sentar en la mesa del comedor y mientras esperaba a que viniese la gente, se había puesto a dibujar. En su libreta había dibujado una casa con un árbol y un cerdito con alas que volaba hacía el cielo.

Ya habían dado las ocho de la mañana cuando llegó el matarife, que como sabemos había estado trabajando con su tractor, el día anterior en el campo, en las inmediaciones de la casa; después de darse los saludos oportunos Elíseo le pidió que se sentase para ponerle un café mientras esperaba. 
 El matarife se sentó en la mesa del comedor, cerca del niño, mirando los dibujos que se había puesto a pintar con sus lapices de colores y al ver en su libreta el dibujo de un cerdo que volaba, le hizo una seña a la doña de la casa cuando se acercó a él, con la cafetera humeante para servirle un café; esta, mientras le llenaba el interior de su taza con café, le devolvió el guiño en señal de que su marido nada sabía aún de la desaparición del animal, para que actuase con toda normalidad.
 Detrás del matarife empezaron a llegar más hombres, de las casas vecinas, pués en la matanza se ayudaban unos y otros; venían para entre todos doblegar la fuerza del animal y acostarlo para su sacrificio.
Los hombres se sentaban alrededor de la mesa y se les servía café y leche con roscón; algunos simplemente tomaban una copa de licor café o aguardiente para calentar el cuerpo antes de ponerse a trabajar. Las mujeres mientras tanto, preparaban potas para recoger la sangre y hacer las filloas, y calentaban en los fogones de la cocina, unas tinas grandes llenas de agua para limpiar el cuerpo del animal una vez sacrificado.
Fuera, en el alero del tejado de la casa vieja, estaba el cuervo, pues había despertado cuando había llegado el cerdo de regreso a su cuadra y esperaba la dicha del animal.
Llegado un momento Elíseo, en voz alta, dijo a los presentes:
-Pues ahora que ya estamos todos vamos a sacar al cerdo para matarlo y de allí (al terminar) ya marchamos al vermú.
entonces, salió de la casa para ir a la cuadra del animal y con él salieron su mujer, la madre y el matarife, que le acompañaban para que cuando descubriese que no estaba el cerdo dentro, engañarle con la mentira de que se había escapado el animal; y juntos con ellos salieron los demás que vinieron para ayudar y nada sabían de esta historia.

Cuando Elíseo abrió la puerta de la cuadra, asomó por ella la cabeza del cerdo, indignado, pues no se explicaba ni la tardanza de la comida, ni a que venía tanta gente, dejando perplejos a los que dándole por muerto no esperaban que estuviese allí. La abuela fue la primera en reaccionar y viendo en ello la resurrección milagrosa del animal, se puso entre la puerta y su hijo, impidiendo que sacará el cerdo para su muerte y le dijo:
-¡Deja al cocho en paz que no sabes quien es este animal!
Elíseo se quedó estupefacto con el arranque de la madre, pero acto seguido escuchó a sus espaldas que le decía el matarife:
-¡Si quieres que quedemos bien, te doy dos mil euros por este cerdo! ¡ Pues aunque perdamos tu y yo la amistad, no te voy matar el animal!
-¡Papa, papa, no mates al cerdo que es tan dócil y cariñoso como un perro! - apareció su hijo gritando entre sollozos al ver con vida a su amigo; abrazándose fuertemente a una pierna del padre, impidiéndole moverse.
- ¡Elíseo, por favor, haz caso a todo el mundo o por la noche voy ir a dormir a otra habitación y no te voy hablar en una temporada! - le gritó su mujer
- ¡ Vamos a la cocina, que ya está hecho el café, y deja en paz el animal!

y sin saber lo que ocurría, Elíseo, emocionado, perdonó la vida del animal.

Así fue como nuestro cerdo vio pasar de largo el día de su San Martín y los venideros, y después de vivir trabajando de semental de la comarca para los de su especie, acabó muriendo de muerte natural entrado en años.
 En la salida de la misa del primer domingo siguiente a su muerte,  las mismas zarzas, las cotillas de nuestro pueblo, le dedicaron el unico chisme que dieron de un animal y dijeron que era natural que el cerdo muriese haciendo esfuerzos a sus años y que no había muerto en su cuadra.
 Pesaba entonces casi cuatrocientos kilos y había sido padre de un centenar de hijos que traerían al mundo multitud de nietos, biznietos y tataranietos que recordarían durante mucho tiempo la historia de nuestro héroe.

mvf.

lunes, 16 de octubre de 2017

La frontera

Una vez que llegó el olor del zorro al fino olfato de Melquiades, este levantó su cabeza, aspiró fuertemente el aire hasta llenar sus pulmones y lo expulsó de golpe, resoplando los carrillos de su enorme boca, produciendo un sonoro ladrido de advertencia.

Era costumbre de Melquiades hacer guardía por las noches en las afueras del pueblo, junto al portalón de su casa; desde allí vigilaba una amplia zona del camino que separaba el pueblo y el campo, en donde se entremezclaban los olores de los seres vivos de ambos mundos. Cuando un olor extraño, llegaba hasta Melquiades, eso significaba que alguien del campo había traspasado ese trecho y osaba acercarse de más al pueblo, entonces, con su ladrido ronco y fuerte advertía del peligro que significaría continuar avanzando en el mundo de los humanos.

Al oir el aviso del perro, el zorro y el cerdo se detuvieron en seco.

El cerdo, viendo a Melquiades obstaculizando el camino,miró apesadumbrado para su compañero dando por imposible el poder regresar sin que nadie se enterase. Pero el zorro, era un animal de ingenio acostumbrado a todo tipo de dificultades, y sin dejarse llevar por la desesperanza de su amigo, le empujó con su hocico, para darle ánimos, diciéndole que: llegados hasta aquí no se podía rendir. El haría salir al perro del camino y lo entretendría el tiempo suficiente, para que pudiera llegar a su casa y entrase por la parte posterior de la huerta. Y sin más dilación el zorro marchó hacia donde estaba el perro del herrero para llamar su atención y hacerlo salir de donde estaba, permitiendo así que su amigo llegara a su destino.
 El zorro, llevaba su larga cola en horizontal, como si fuera un estandarte, cuando cruzó la linea que separaba la tierra de los animales de la de los hombres, mostrandose bien visible para que lo pudiera ver el mastín. Pero así que lo vio, Melquiades mostró que no estaba dispuesto a realizar esfuerzo alguno para cumplir su amenaza.
Llegado un momento el zorro, viendo que no conseguía su objetivo, decidió extremar su osadía aproximandose de más hacía el mastin y empezó a renquear de una pierna, simulando que tenía cojera, para tentarle con una posible facil captura.



Entonces Melquiades, pensando en que podría darle alcance con facilidad y en el premio que podría llevar por capturar al ladrón de los huevos de las gallinas de la comarca, echó a correr tras el zorro; y los dos, perseguido y perseguidor, desaparecieron en la obscuridad, en dirección hacia el monte.
Mientras tanto, el cerdo, al ver que el perro desaparecía trás su amigo, aprovechaba la ocasión para cruzar la distancia que le separaba desde donde estaba a la hacienda de sus amos y dirigiéndose a la parte trasera de la casa, entró a la huerta, arrastrando su cuerpo por debajo de la alambrada que separaba la huerta del campo, y una vez dentro, desde allí, sigilosamente se dirigió a su establo en la casa vieja. 
El cerdo al ver que había conseguido llegar a su cuadra, sano y salvo y sin que nadie se enterase, su corazón daba vuelcos de alegría, palpitando fuertemente. Así que se hubo calmado un poco, comió ávidamente restos de nabos que quedaban esparcidos por el suelo, de su comida habitual, y al terminar, agotado, se hecho a dormir en una esquina de la cuadra quedándose dormido inmediatamente. Mañana vendría un día nuevo y el estaría en su cuadra como si nada hubiera pasado.



Fuera, Melquiades había regresado a su lugar en el camino y olvidándose de su fracaso ladraba a la Luna, mostrando orgulloso su cansancio por haber hecho correr al zorro monte arriba, ante una civilización durmiente que se negaba a despertar.



mvf





sábado, 7 de octubre de 2017

el trato del zorro



 Tras la huida del lobo, el zorro regresó al lugar de las rocas del acantilado donde estaba su amigo.

- ¿Que hay allí?- preguntó el cerdo, acostado en las rocas que hablan con la vista perdida en la negrura del océano, cuando oyó  llegar a su amigo.

- Allí es donde duerme el sol - respondió el zorro, sentándose junto a su amigo para escuchar en la noche el batir de las olas.

Tras unos minutos de silencio entre los dos, al ver que en la noche la Luna estaba acabando su circulo en dirección al este, el zorro se levantó y dijo:

 - Ahora cumpliré mi parte del trato y te ayudaré a regresar a tu cuadra sin que nadie te descubra.

Dicho esto, los dos se pusieron en camino hacia el pueblo. No tardarían en llegar, pues el zorro, por sendas de animales que cruzan el monte entre los matorrales, conocía los mejores atajos para casí todos los corrales de la comarca; pero cuando estaban próximos a su destino, se encontraron con un contratiempo inesperado, pues descubrieron un bulto peludo que estaba haciendo guardia, durmiendo justo, en medio y medio del camino que les conducía a su destino.

El perro de la herrera hacia piña con el perro de los de la labrada, porque los dos eran hermanos y cuando podían se juntaban para hacer todo tipo de desatinos: dando carreras a las gallinas, persiguiendo las ovejas por la campiña o deshaciendo los sembrados, entre peleas que hacían entre ellos para medir sus fuerzas.

La madre de la cejiñuda tenía una cabra que le había regalado su hija para obligarla a salir de casa todos los días, con motivo de  llevar al animal por la mañana a comer al campo y por la tarde tener que ir a recogerla, 


La cabra era un animal caprichoso, que teniendo de comer en lo suyo, saltaba a las fincas de los vecinos para comer los brotes de las hierbas en campo ajeno.

La cejiñuda, para arreglar el problema, decidió que le pusieran una "solta" a la cabra en las patas -  atado de cuerda que se pone en las patas de los animales para reducirle la movilidad - pero aún así, la cabra roía el atado de cuerda y una vez libre volvía a saltar a las fincas de los vecinos para ir a comer en ellas.

El perro de la mujer del herrero y el de los de la labrada, eran perros que sabían conducir el ganado. Uno de esos días que andaban de parranda descubrieron a la cabra que después de liberarse de su "solta" había escapado de donde tenía que estar y comía con toda felicidad en uno de los campos de la iglesia.
Así que los dos decidieron en cuestión enseñar al animal y empezaron a perseguirla de un lado al otro, dándole ladridos, hasta que llegado un momento la cabra no dio más de si y la dejaron medio desmayada en el campo.

A última hora de la tarde, la madre de la cejiñuda se encontró a la cabra medio pasmada y del disgusto casí le da un patatús a ella también. La cejiñuda tuvo que ir al campo a recoger a su madre y a la cabra, y al llegar a casa llamó al veterinario de urgencias, para ver que le pasaba al animal.

El veterinario no tardó en llegar y después de ver a la cabra y escuchar su corazón con su estetoscopio, la mandó ingresar en una  clínica veterinaria.

Cuando llegó la factura de los ansiolíticos de la cabra y los días que estuvo en la clínica, la cejiñuda, que era medio justiciera y andaba siempre metida en pleitos de derechos de agua y lindes, marchó junto a los respectivos dueños de los perros, reclamandoles los ansiolíticos de la cabra y la factura del veterinario. Los dueños de los perros, que en todo momento trataron a la cabra de señorita, pagaron sin rechistar y acordaron tomar la medida de no dejar sueltos a la vez a los dos hermanos, dejando en sus casas respectivas, un dia atado a uno y el otro día al otro, para que no anduvieran juntos, y se repartieron los días de la semana con r para que saliera el perro de la herrera y los días sin r para que pudiera salir el perro de los labrada.

Así que hoy viernes, 10 de noviembre, la noche anterior al sábado de San Martiño, Melquiades estaba durmiendo en medio y medio de la carretera.













miércoles, 13 de septiembre de 2017

la artimaña del zorro





El cerdo, cuando oyó las palabras del zorro diciendo que accedía a hacer el trato con él, se apartó de la boca de entrada del túnel, dejándole libre el camino para que pudiera salir al exterior.

Una vez fuera, el zorro se sacudió la tierra que llevaba encima de su cuerpo; se limpió su largo hocico, y enderezando sus inhiestas orejas, miró al cerdo de arriba abajo y preguntó:

- ¿Que es tan importante para que hayas venido a molestarme?

- Solo quiero regresar a la casa de mis amos, sin que nadie se dé cuenta de ello - dijo el cerdo - y dormir tranquilamente en mi cuadra.

- Te prestaré mi ayuda para que vuelvas a tu cuadra, si tú primero me ayudas a mí.

El cerdo, recordó las palabras de los zorrillos de que tendría que hacer un trato con su padre para que este le ayudase, y asintió bajando su cabeza:

- ¡venga; el trato!

Entonces el zorro empezó a contar:

- Estos días ha llegado de los montes de Asturias un lobo asesino; está misma mañana mató dos ovejas que pastaban cerca del rio. Los humanos no tardaran en querer deshacerse de él recurriendo para ello a trampas y venenos, que pondrán en peligro la vida de todos los animales del monte
Si tu me ayudas podemos engañar al lobo y conseguir que marche de estás tierras, salvando así  la vida de muchos animales inocentes.


El cerdo aceptó ayudar al zorro y juntos regresaron al monte. Caminaron un largo trecho hasta llegar donde están las piedras que hablan, en los riscos desde los que se puede ver la lejanía del océano Atlántico. Al llegar allí, el cerdo daba señales de cansancio y entonces se sentaron en el frio suelo para recuperar sus fuerzas.
 Hasta ellos llegaba el ruido de las olas al batir en las rocas. A veces era como un silbido ronco y grave, que parecía una voz humana surgida del fondo del océano, que algunas personas decían que advertía de los peligros que iba haber en el mar para que nadie saliera con sus barcas a pescar.


 Al reponer sus fuerzas los dos se separaron. El cerdo, siguiendo  las instrucciones que le dio su compañero, subiría a lo más escarpado de los riscos marinos de las rocas que hablan, desde donde se podía ver la lejanía del océano; mientras que el zorro marcharía a la búsqueda del lobo, para poner en marcha su treta.


El zorro, guiado por su olfato, no tardó en llegar a las inmediaciones del lugar donde el lobo había establecido su morada. Se agazapó, escondido entre los brezos, y esperó hasta que vió aparecer, en lo alto de las rocas que hablan, la figura de su amigo recortada en el cielo de la noche; entonces se levantó y caminó sigilosamente acercándose junto al lobo.

- Quien osa andar ahí? - preguntó un gruñido ronco y fuerte.

Al ser descubierto por el lobo, se detuvo frente a él, a una distancia prudente desde la que podía vigilar el brillo asesino de sus ojos, para salir huyendo a la menor señal de peligro.


- He venido corriendo, desde el rio para alertaros de que corréis un enorme peligro estando en estas tierras.


El lobo, seguro de si mismo, se hecho a reír al oír estas palabras, pues es sabido que los zorros son los animales más mentirosos y astutos de los montes de Galicia.


Vigilando que no asomara en los ojos del lobo, el destello asesino de los de su raza, el zorro continuo hablando:
- la casualidad quiso que bebiendo en la charca, donde brota el manantial del rio, oí un ruido extraño y un fuerte chapoteo en el agua. Aprovechando la vegetación de la orilla del agua, pude acercarme con sigilo sin que se notara mi presencia y descubrí dos enormes jabalíes plateados, bañándose en la charca, que decían que acababan de bajar de la Luna, pues tu fama de gran asesino llegó ya hasta sus tierras, y hablaban entre ellos diciendo que habían venido a la tierra, jurando darte caza esta misma noche para vengar la muerte de sus hermanos jabalíes, que tu y los tuyos cazáis con frecuencia.


Justo cuando el zorro terminaba de decir estas palabras, se oyó el ruido de piedras que hablan.


El lobo, que hasta ahora no había perdido de vista al zorro, al oir el ruido giró su cabeza para mirar en la dirección de donde procedía y entonces vio a lo lejos la figura del cerdo, en la cima de las piedras que hablan, realzada por la luz de la Luna creciente que le daba un tono plateado al reflejarse sobre la piel blanca de su cuerpo y al verlo de repente creyó ver, sin lugar a dudas, uno de los dos fieros jabalíes plateados que venían a darle muerte. 
Entonces sus ojos, que miraban antes frios y grises, y de manera amenazadora al zorro, se llenaron de miedo; los pelos de su cabeza se pusieron de punta, dándole un aspecto ridículo, y metiendo el rabo entre sus piernas huyó despavorido jurando no pisar de nuevo estas tierras.




mvf.




miércoles, 23 de agosto de 2017

En el bosque

Hacía rato el ruido del tractor se había dejado de oir. El animal, después de escapar de su entierro, se metió dentro del monte y estuvo vagando entre los pinos hasta que descubrió un pequeño claro, donde la hierba crecía verde y fuerte. Al ver tan apetitoso paisaje, sus tripas vaciás empezaron a hacer ruido reclamándole que ya era el momento de disfrutar de los manjares que le deparaba el bosque.

 Comenzó a atiborrarse de tallos húmedos y sabrosos de hierba, hasta que descubrió cerca de el unos arbustos de los que colgaban diminutas bolas rojas, entre sus hojas verdes y grisáceas; eran madroños con su fruto otoñal. Se acercó al más próximo y después de mordisquear las primeras bayas, su sabor le decidió a continuar allí su menú. Después de saciar su hambre, movido por su instinto, se introdujo entre las ramas bajas de los madroños para encontrar en su interior un lugar donde ocultarse y dormir; allí se hizo una cama aplastando la hierba, se acostó e inmediatamente se le cerraron los parpados.

Despertó y regresó al pequeño claro de hierba en el que había estado comiendo; ya se había hecho de noche y en el cielo colgaba un extraño queso que alguien había empezado a comer por su lado izquierdo. El animal ladeó su cabeza de un lado al otro, llenando su ancho hocico con el aire fresco de la tierra, y entonces, a pesar de lo que le podría deparar su libertad, pensó que lo mejor sería regresar a la cómoda vida de su cuadra y hacer como si no hubiera pasado nada; pero no sabía que camino tomar, así que necesitaría pedir ayuda. Guiado por su instinto comenzó a descender del monte, por un estrecho sendero que seguramente utilizaban otros animales como él; bajaba por la ladera con precaución, pues ahora en la oscuridad temía poder ser descubierto por una manada de perros asilvestrados, pues al ponerse el día algunos perros del pueblo, movidos por sus más fieros instintos ancestrales, subían al monte para correr bajo la luz de la Luna, y amparados por la obscuridad, si le descubrían, podrían atreverse a atacarle y darle muerte para devorarlo. Mientras bajaba, con estos pensamientos, oyó ruido que se acercaba en dirección a él. Se escondió de nuevo en los arbustos próximos y esperó a ver que pasaba. No tardó en descubrir que el ruido procedía de la discusión mantenida entre dos jóvenes zorros, que sin ninguna precaución jugaban haciendo carreras entre ellos, para ver quien era el más veloz, y se acusaban mutuamente de hacer trampas.

De repente los dos zorrillos comenzaron a correr ladera arriba, siguiendo la misma ruta que usaba el cerdo para descender; al verlos este venir hacia él, cuando estaban a su altura, salió de repente de su escondite y se plantó en medio, frente a ellos, obligándoles a detenerse.

Los zorros sorprendidos por su aparición se miraron dudando que hacer, pero viendo que lo que se interponía en su camino, era un extraño jabalí rosado, pues los zorrillos jamás habían visto un cerdo, y suponiendo que este no entrañaba ningún peligro para los de su especie, entablaron conversación con él, en vez de huir, y uno de ellos le preguntó el motivo porque el que les había obligado a pararse y que les quería.

El cerdo, sin contar toda la historia, explicó a los zorrillos que, dado por muerto, había sido traído al monte para enterrar su cuerpo, y que había despertado el tiempo justo para escapar del lugar y ponerse a salvo. Ahora quería regresar a la casa de sus amos para dormir en la seguridad de su cuadra. Y como no sabía el camino para regresar les pidió su ayuda.

Los dos zorrillos, se miraron de nuevo entre ellos y le respondieron que tenían terminantemente prohibido por sus padres bajar hasta donde estaban los humanos, porque donde viven los hombres hay infinidad de peligros para los de su especie; ellos no iban a desobedecer a sus padres, sin embargo, apuntando sus miradas hacia unas luces lejanas que se podían ver desde donde estaban,  su padre había ido a la granja del tío Avelino. Podría acercarse hasta allí, para hablar con él y pedirle ayuda; pero tendría que hacer algún trató con él para conseguirla.

Al terminar de indicarle por donde debía tomar para llegar a la granja, los zorrillos reanudaron su carrera, y el cerdo se dirigió hacia la granja pensando que trato podría hacer con el zorro para que le ayudara.




Cuando llegó a las inmediaciones de la granja, levantando sus fuertes orejas, su fino oído no tardó en detectar el ruido proveniente de la boca de un agujero recién abierto en la tierra, cerca del muro de la granja. El zorro había realizado un túnel para entrar en el corral y robar los huevos de las gallinas.

Se apostó en la entrada y al cabo de un rato de espera oyó pasos sigilosos, de regreso, que provenían del interior del agujero; entonces asomó la cabeza de un zorro rojizo, relamiéndose su hocico completamente manchado de amarillo, que regresaba del gallinero por el túnel, después de haberse hartado de comer huevos de gallinas. Al verlo asomar, el cerdo colocó su enorme cuerpo delante, impidiendo salir al zorro del túnel que tan arduamente había realizado.

 

- Que haces, porque no me dejas salir ?

- Bonito parecido tiene, señor zorro, relamiéndose el hocico.

- Deja de taponar la salida con tu cuerpo para que pueda salir.

- Lo haré si promete hacerme un pequeño favor?

- Nunca he oído que los zorros y los cerdos hicieran tratos en esta tierra.

- Mientras se decide voy estar tumbado aquí; pero no deje pasar la noche, no vaya ser que al llegar el día le descubran y le den el premio que merece su talento.

- ¿Y tu no recibirás ningún castigo por estar aquí en vez de estar en tu cuadra?

- ¡Seguro que mientras te muelen a palos por tu fechoría se olvidan de mi!




Viendo el zorro que no podría salir de su túnel si el cerdo no apartaba su cuerpo de la entrada, le preguntó:




- ¿ Y que es lo que un zorro puede hacer por un animal como tu?


viernes, 28 de julio de 2017

La abuela de Elisardo



Cuando llegó la abuela de Elisardo de regreso a casa, la abuela de Elisardo se fijó enseguida en los trabajos que había hecho su nieto durante su ausencia: había recogido la loza de su desayuno y la había fregado; había hecho su cama, dejado recogida su habitación y había bajado su ropa sucia dejándola metida dentro de la lavadora;  y su nieto, al terminar, se había puesto a ver tranquilamente la televisión esperando su regreso a casa como se le había dicho mil veces y nunca había hecho.
 A la anciana, al ver tan buena disposición que había tenido su nieto durante su ausencia, le entró la mosca.
-¿Elisardo que estuviste haciendo mientras estuve fuera?
-¡Nada, nada!- respondió el niño sin apartar la vista de la televisión.
La abuela para nada creyó lo que le decía su nieto; distribuyó la compra por los distintos lugares de los muebles de la cocina y al terminar salió al patio de la parte de atrás de la casa para ver si descubría que había podido hacer su nieto durante su ausencia.
Miró en el patio, entró en la casa vieja, revisó el cobertizo ...  y no encontró nada; pero cuando ya iba volver a la casa oyó desde la huerta el graznido del cuervo, que en venganza de lo que Elisardo había hecho al inocente espantapájaros, llamaba la atención a la anciana, saltando y picoteando encima de los plásticos, para delatar donde había ocultado al cerdo su nieto.
El animal, con los picotazos y los saltos que daba el cuervo encima de él, despertó, pero al oír los pasos que se acercaban en la huerta reconoció el andar de la vieja y sin hacer ningún movimiento se dijo para si: 
 -Esta es peor que el niño y cuando descubra que me hice el muerto, como es muy retorcida, va suponer que quería comerme los repollos de la huerta e igual me hace estar corriendo toda la mañana. Y decidió continuar sin dar señales de vida. 

Al levantar los plásticos y encontrarse el animal haciéndose el finado, la abuela se echó las manos a la cabeza, lamentándose y sintiéndose culpable de la muerte del gorrino por dejar solo en casa a su nieto. Al cabo de unos instantes reaccionó y se dijo para si que la mejor solución sería deshacerse del cuerpo y dejar que se pensara que el animal, sin saber como, se había escapado. Entonces, desde donde estaba, hizo señales al tractorista, que continuaba trabajando en un campo cercano, para pedirle ayuda.
El hombre con cara de fastidio, por tener que parar de trabajar, se acercó para ver lo que le pasaba a la anciana, y así que escuchó de que se trataba el asunto y viendo lo apurada que estaba, entró con el tractor al interior del patio de la casa y a continuación, guiado por la anciana se dirigió con la maquina al lugar donde estaba el cerdo cubierto con el plástico. Sin destapar el animal metió la pala por debajo de su cuerpo, y sin que este diera ninguna señal de vida, lo izó con la pala por encima de la cabina del tractor y arrancó con la carga al monte del lobo, que era el lugar donde llevaban antiguamente a los animales de la casa que morían de muerte natural para alimentar con sus despojos a las alimañas.
Cuando llegaron al monte el tractorista bajó la pala, y el cuerpo del animal, cubierto con los plásticos, se deslizó hacía el suelo quedando tumbado en la tierra. Hecha esta operación y sin ninguna perdida de tiempo, se puso a excavar con la pala del tractor un hueco en la tierra para meter dentro el cuerpo del cerdo y enterrarlo, pues quería regresar rápidamente para rematar la labores de campo que estaba realizando.
Y entonces, al ver las dimensiones del agujero que se estaba abriendo, fue cuando le entró mala espina al cerdo y juzgó oportuno que ya era el momento de resucitar discretamente y desaparecer. 
Sin levantar su enorme panza del suelo, se alejó arrastrandose con su cuerpo hasta una distancia prudente y desde ahí se marchó con prisa monte abajo.

mvf.

Ensayo sobre la novela de Adelaida

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